domingo, 23 de febrero de 2014
C.R.D.O. PENEDES EN ESTADO PURO.
Como ya viene siendo habitual en los últimos años el
C.R.D.O. PENEDES presentara sus nuevas añadas el próximo
17 de Marzo de 2014 en el Hotel Valparaíso de Palma de Mallorca.
CONCURSO MEJOR SUMILLER DE ESPAÑA EN CAVA EN MALLORCA.
El Proximo Martes dia 4 de Marzo de 2014, se celebrara el 1er.
CONCURSO MEJOR SUMILLER DE ESPAÑA EN CAVA en Mallorca, en un lugar céntrico de Palma.
La participación esta abierta a todos aquellos profesionales de hostelería dedicados al servicio de vino, alumnos de escuelas de hostelería y/o cursos de sumilleres y sumilleres de tiendas especializadas.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Enamorados del riesling.
Dicen que los vinos guardan cierto parecido con quienes los elaboran. Que los hay expansivos, generosos, tímidos, altivos, sensuales, escandalosos y hasta egocéntricos. Egon Müller IV, bisnieto del primer elaborador de los más apreciados blancos dulces del mundo es alto, elegante y tan prudente que más que hablar susurra… como los sutiles y exquisitos riesling que dan los viñedos en la inclinada ladera que descansa frente a su casa. Nació en el 59. Gran año, caluroso y seco, que aportó madurez y escasa acidez a unas botellas que hoy guardan como joyas.
Josep Roca, el mediano de los hermanos de El Celler de Can Roca (Girona), ascendido este año a segundo mejor restaurante del mundo en la lista de Restaurant que encabeza el danés Noma, es uno de los sumilleres más reconocidos y tal vez quien desde España mejor conoce y más ama los grandes vinos alemanes.
El encuentro entre ambos se produce a finales de septiembre, un día especial para los grandes elaboradores de Saar, Ruwer y Mosela que ultiman los detalles para llevar sus mejores botellas a la cata que precede a la subasta anual, que se celebrará al día siguiente en Trier, la ciudad en la que nació Karl Marx. El Magazine acompaña a Josep Roca en su visita a la vieja mansión de los Müller, en el valle del Saar, donde han preparado una barbacoa que el elaborador y su esposa ofrecerán a un reducido grupo de invitados. El anfitrión ha cambiado su atuendo clásico por unos vaqueros y un polo de amplias rayas, sin despojarse de una rigidez que en su caso es más de hombre tímido que altivo.
Serpenteante como el cercano Mosela –uno de los afluentes del Rin–, que aparece y se oculta entre un paisaje verdísimo de suelos pizarrosos, así transcurre la charla entre Roca y Müller, a quien no le gusta ser el centro de atención en la mesa. Entre jugosas piezas de carne y vinos sabrosos –Roca acierta elaboradores y añadas sin ver la etiqueta–, empiezan comentando la relación entre la cocina creativa y el vino. “Creo que la gastronomía puede ser un ejemplo, porque en la cocina se están haciendo cosas que jamás se habían hecho –afirma Müller– y eso ha abierto nuevas posibilidades para experimentar”. Pero en el terreno de los vinos, el alemán no tiene tan claro que se deba probar siempre y en cualquier lugar. “Me parece muy divertido observar qué vinos pueden responder a la nuevas prácticas”.
Sabe el sumiller que cuando su interlocutor se refiere a métodos experimentales no piensa en las tierras donde nacen los grandes clásicos, sino en los nuevos paisajes del vino. Müller le cuenta que habrá dos líneas en el futuro: “Las zonas históricas van a volver al purismo de donde venían, y las emergentes van a experimentar más y más, ya veremos con qué resultado. Allí está más aceptada esa experimentación por parte de los clientes, porque no cuentan con claras referencias. Quienes buscan los pagos históricos no admitirían tantas pruebas. Yo pienso que habrá dos líneas con dos clientelas distintas”.
Reflexionan ambos sobre la capacidad de la gastronomía para investigar sobre cómo mejorar el sabor en los productos, e intentar buscar más pureza y sacar el máximo partido desde el conocimiento y la ciencia aplicada en la cocina. Observa Roca que actualmente la gastronomía va por un lado y la enología –sobre todo en España– va por otro. “Por un lado, la cocina busca la pureza, la ligereza, la liviandad, el concepto dietético, y en el vino se busca igualmente la pureza, pero también peso, madurez, contundencia, densidad en boca, persistencia. Se quiere que el vino se alargue mucho en el paladar. Probablemente la cocina que estamos haciendo ahora necesita vinos mucho más frescos, más ligeros, que buscan esa pureza pero también una agilidad en boca. Por suerte, ya hay signos de cambio y esperanza en esa búsqueda”.
Ambos están de acuerdo en que lo importante ocurre en el viñedo. Confiesa Müller que para él la vendimia es el momento más importante del año y también el que aporta mayor emoción. “El viejo propietario de una bodega muy reputada de Alsacia, Hugel, suele decir que el 95 por ciento de la calidad depende de la cosecha. Yo quizás no llegaría a un porcentaje tan alto, pero creo que hay mucha verdad en esa afirmación. Es el momento en que como productor tu trabajo tiene más influencia sobre el producto, el momento en que mueves más parámetros. Durante el resto del año hay mucha parte en la que interviene la naturaleza pero tú no puedes influir”.
Josep Roca está de acuerdo. Él cree que debería haber menos orgullo concentrado en los vinos y un discurso más sincero y más ágil. “A veces en España tienes la sensación de que estamos siendo los pioneros en otra novedad en la enología que es la arquitectura, que no es menos interesante, pero yo preferiría que ese dinero que se invierte en ella se lo gastaran en mano de obra para el viñedo, que invirtieran en personas con capacidad y talento. Probablemente, eso daría como resultado vinos mucho más interesantes. Decíamos que el 95 % de la importancia del vino está en el viñedo, y en España a veces damos un paso en falso. Cierta adolescencia conceptual nos lleva a buscar más esa parte de la inmediatez, esa espectacularidad de lo físico y no de lo interno, lo profundo y lo de raíz, que, en este caso, es la uva como un transmisor del estilo de vino. Necesitamos más jardineros y una sensibilidad ante el cambio climático para poder interpretar el paisaje soñado”.
Müller aprendió de su padre que no hay que hacer todos los negocios. Sabe que el suyo es un mundo que requiere infinita paciencia y reflexión. La conversación deriva al terreno de las levaduras, un tema que ambos creen que protagonizará uno de los grandes debates en el futuro entre los expertos. Roca tiene curiosidad por saber qué opina su interlocutor sobre las levaduras indígenas y las levaduras seleccionadas por el hombre. Este asegura que no es dogmático. “Por intuición prefiero la levadura autóctona, por supuesto, pero no siempre es posible utilizarla. En Alemania, como en otros países, van a dominar las levaduras de cultivo, pero los vinos de alta gama se van a orientar cada vez más a la levadura propia. La distancia entre unos vinos y otros será mayor”.
El sumiller está de acuerdo con el elaborador. “Creo que hay un mercado que asumirá riesgo para buscar más pureza pero con mucha autenticidad en el trabajo en la viña y por otra una seguridad, un control, un rigor, para poder llegar a un mercado mayor pero con un sentido de un gusto menos conducido”.
En la bodega de Egon Müller, pegada a la casa familiar, las barricas se usan sólo como un conservante, de manera que aporta calor pero no altera el sabor del vino. Cuenta Müller que un tiempo atrás la gente que tenía dinero compraba cada año toneles nuevos para evitar el gusto a madera vieja mala. “No buscaban dar un sabor nuevo, sino tapar el malo. El segundo paso fue empezar a buscar las virtudes de eso. El pionero fue el
americano Robert Mondavi, que quería promocionar un nuevo estilo. Y lo que empezó como una anécdota, como una cosa más, se ha puesto de moda como única forma de envejecer, como algo casi obligatorio. Ese ha sido, para mí, el fallo”.
Tal vez, opina Josep Roca, los elaboradores se hayan fijado mucho en Burdeos para hacer vinos de calidad cuando deberían haberse fijado más en Borgoña. “Han dado mucha relevancia al roble, a una maceración, a una concentración, con mucho peso de pigmentación y probablemente se han olvidado de la esencia del trabajo más borgoñés. Del pequeño artesano, de la atención al viñedo y la obsesión por transmitir el valor de la tierra e interpretar la parte por encima del todo”.
Le cuenta Josep Roca que en España hay interés por buscar otras maneras de vinificar y de envejecer que no den tanta importancia a la madera y renacen otros elementos que estaban olvidados, como por ejemplo, la fermentación en cemento. Son técnicas sobre las que el alemán confiesa que no tiene experiencia.
Ambos comparten la idea de que la última revolución está en la viticultura ecológica. Quiere saber Roca qué opina sobre biodinámica y sostenibilidad el hombre que elabora uno de sus vinos favoritos. “Aquí estamos en un sitio especial. Cuando yo asumí la responsabilidad ya estaba todo en orden, pero en esa época en otros sitios se imponía la química. Yo he tenido la suerte de heredar unos viñedos bastantes sanos, y en los veinte años que llevo al frente sólo una vez tuve que utilizar herbicidas y nunca hemos aplicado nada para impedir la botritis. Por lo tanto, aquí nunca ha habido un cambio radical. Este ha sido el primer año en que todas las aplicaciones en el viñedo han sido por completo ecológicas”. Asegura Müller que tiene colegas franceses que han recurrido a la biodinámica porque las cosas no les iban bien, pero ese no fue su caso. “Ellos tuvieron que actuar y ahora notan la diferencia. Yo estoy seguro de que si de repente aplicara una biodinámica radical, el vino no cambiaría apenas porque la diferencia no sería tan grande como cuando se aplica en zonas donde habían cometido crímenes con el viñedo”. Algunos grandes vinos como Müller o Romane Conti, hace años trabajan con ese criterio de una forma natural con la intención de beneficiar al viñedo. Pero Josep Roca sabe que durante muchos años y en muchas zonas no ha ocurrido lo mismo. “Creo que ahora hay una revolución en la que a veces te asusta la incidencia del marketing, me disgusta que se use el concepto ecológico para vender. Hay que ver lo que hay de verdad y eso es urgente y vital para poder ofrecer vinos con más autenticidad”.
Puede que la geografía de los grandes vinos esté cambiando. Pero por el momento, ambos sitúan la Borgoña como el paraíso de los tintos extraordinarios. A la pregunta de qué tiene un gran blanco que nunca pueda alcanzar el mejor tinto, Müller responde con una sola palabra: azúcar.
¿Algo más? “Lo que pasa es que no existen grandes tintos dulces”. Mientras corta un pedazo de uno de los pasteles que ha preparado Valeska, la esposa de Müller, que hoy celebra su cumpleaños, comenta el sumiller el gran progreso que se ha hecho en España con los blancos durante la última década. Müller confiesa que no los conoce bien y por ello no se considera capacitado para valorarlos. Sólo ha oído que los albariños están de moda. Se alarga la sobremesa hablando sobre las zonas en las que se están haciendo blancos interesantes. Llega la hora de ir a la cata y Müller desaparece discretamente para regresar unos minutos después, con traje y corbata. Preside la VDT, la asociación de viticultores de la zona, y ha de ser el primero en llegar a la cata a la que acudirán expertos de todo el mundo.
Al día siguiente, se celebra la subasta anual de los vinos de Mosela. Las mayoría de las botellas que salen son de la cosecha del año anterior. Y aun así alcanzan precios muy elevados. La más cara de todas será, sin duda, una de las que ha elegido Egon Müller. Se trata de un lote de 18 botellas del 99 que se venderá al precio de 4.300 euros cada botella.
Al atardecer, Josep Roca regresará a la mansión de los Müller. Es el momento de celebrar con un reducido grupo de amigos y distribuidores el éxito de la subasta y, mientras el sol se oculta tras los viñedos, los invitados brindan con champán antes de pasar al comedor. Durante la cena informal, que los propios comensales se sirven, Müller se muestra más relajado que el día anterior. De vez en cuando abandona discretamente el comedor en busca de una botella de su bodega. Se emociona Roca cuando prueba un Müller del 59, el año del nacimiento del alemán. Habla de pureza y tensión .“Es uno de los grandes vinos que he tenido la suerte de probar en mi vida”.
Pregunta la periodista a Müller de qué año es el último vino que está a punto de descorchar. “¿Usted que cree?, interpela el anfitrión. Ante la mirada fija de Müller, un breve silencio y una respuesta firme: “1971”. Müller sonríe satisfecho al comprobar el acierto. Le ha pasado inadvertido el cruce de miradas y el gesto casi imperceptible en los labios del sabio sumiller.
sábado, 23 de noviembre de 2013
La rebelión de los blancos.
El blanco también existe. Es un vino, no un zumo ligero, afrutado, perfumado y barato; elaborado sin ambición ni orgullo; sin sabor ni cuerpo; condenado a ser ingerido joven y fresquito en el aperitivo o predestinado al anonimato de la venta a granel. Un blanco puede tener la grandeza de un tinto. Ser el resultado de uvas milenarias, originales y nobles. Estar elaborado con pasión y sabiduría. Alcanzar los mismos precios en el mercado. Y similares calificaciones de los gurús. Aspirar a la trascendencia. Y décadas después de embotellados, dar todavía mucho de sí. Asumiendo el papel de memoria viva de un lugar y una época. Solo hay que probar una copa de Viña Tondonia, uno de los top de La Rioja, 20 años envejeciendo entre la barrica y la botella, para comprenderlo.
La prueba más evidente de ese paso adelante en el prestigio de los blancos es el cada vez más elevado consumo que se hace de ellos en algunas regiones del planeta, principalmente en el nuevo mundo, en Australia y Nueva Zelanda, donde es mayoritario. O incluso en Reino Unido, Alemania o Estados Unidos, donde se acerca al 50%. En España, un país en el que la relación de ventas frente al tinto es aún del 24%-69% (el resto corresponde al rosado), sin un Vega-Sicilia dorado cuya fama haya abierto las puertas al resto de bodegas, el blanco ha sido el hermano pobre de la viña. Y, por si fuera poco, acreedor de una extensa leyenda negra. Ese pliego de cargos se expresaba así: eran vinos inferiores y femeninos; meros teloneros de un gran tinto; provocaban ardor de estómago, dolor de cabeza, y había que tomarlos fríos para soportar sus fallos; no valían para largas crianzas; su acidez era sinónimo de defecto (cuando es la columna vertebral de su finura). Pedir un blanco en un restaurante, que no fuera cava o jerez, suponía aparecer como un profano. La sabiduría popular proclamaba su desprecio en este proverbio: “El mejor blanco, un tinto”.
En Australia y Nueva Zelanda ya se beben más blancos que tintos. En Inglaterra y EEUU la proporción se al 50%-50
Ese era el desolador panorama de nuestros blancos hasta que a finales de los noventa se inició en todo el país, de forma simultánea pero no coordinada, sin referencias, por generación espontánea, lo que la viticultora catalana Sara Pérez define como “una revolución silenciosa”. Mucha gente del vino (recién llegados con un par de hectáreas y también elaboradores de generaciones con centenares) iba a apostar con paciencia por los blancos. Desde Tenerife hasta Gipuzkoa; desde Granada hasta Ourense; desde el Pirineo leridano hasta León. Nadie sabe explicar dónde y en qué momento saltó la chispa. Era una reivindicación de lo propio. “El vino es para nosotros una obsesión, no una profesión”, define el viticultor riojano Benjamín Romeo, padre de blancos tan potentes como Qué Bonito Cacareaba, en su tierra, y Macizo, en el Garraf, en Cataluña. “Y por eso, a veces, nos movemos por criterios inexplicables, más cerca del corazón que de la cabeza”.
La clave no era forrarse, sino reivindicar un modelo; no tanto hacer grandes blancos como grandes vinos. Trabajar sin complejos. Invertir el refrán anterior y hacer que el mejor tinto fuera un blanco de guarda. “Revalorizar un patrimonio que estaba escondido”, explica Josep Roca, el vértice de la bodega dentro del triángulo de El Celler de Can Roca, el mejor restaurante del mundo, “a base de inquietud, experimentación y osadía. El resultado han sido blancos como nunca. Históricamente estaban hechos con nula ambición y orgullo. Las bodegas se planteaban su gran vino como tinto y después, a toda prisa, se hacían blancos desde la pequeñez. Hoy, una cocina fresca, pura y liviana necesita la diversidad de blancos que comenzamos a disfrutar en España”.
En ese movimiento espontáneo, la cuestión no era el color del vino; lo importante era la forma de elaborarlo. Es lo primero que ha cambiado. Utilizando todo el conocimiento atesorado en las tres últimas décadas prodigiosas del vino español y también el recuerdo de cómo se trabajaba la viña antes de que surgieran los tractores y los pesticidas. De hacerlo de una forma más íntima. Huyendo de modas. Buscando una mayor diversidad de aromas y sabores. Centrándose en el viñedo. De una manera menos intervencionista e industrial; respetuosa con la tierra; recalando en los parajes áridos y remotos donde ancestralmente brotaron las mejores uvas; produciendo menos. Y, lo que es más importante, redescubriendo uvas autóctonas olvidadas hasta su extinción por la viticultura comercial, que apostó a partir de los sesenta por plantar variedades foráneas, más fáciles de cultivar y de mayor rendimiento.
En ese movimiento espontáneo, la cuestión no era el color del vino; lo importante era la forma de elaborarlo. Es lo primero que ha cambiado.
En España, el mayor viñedo del planeta (1,2 millones de hectáreas), lo importante era el número de kilos de uva, no la calidad de las mismas. Al final iban a la misma tolva. Dos grandes viticultores, Enric Soler, en el Penedés (Barcelona), y Raúl Pérez, en el Bierzo (León), realizan la misma reflexión en torno a esas uvas que llegaron de fuera: “Para qué hacer aquí un vino con uva chardonay si nunca vas a hacer en España el mejor chardonay del mundo. Hoy, en los mercados, se apuesta por la originalidad, la personalidad, la identidad. Si hacemos un blanco con godello o xarel·lo, puede ser el mejor del mundo. Y cobrarlo en consecuencia”. En los seis primeros meses del año, España ha exportado vino por valor de más de mil millones de euros, frente al descenso del consumo nacional, estancado en 15 litros por habitante (en comparación a los más de 40 de Francia o Italia). Vender diferencia no parece una mala estrategia para salir adelante.
De esa fiebre por recuperar ha surgido la reivindicación de uvas tan ancestrales como las verdejo, godello, treixadura, albariño, loureiro, macabeo, xarel·lo, picapoll, garnacha, viura, malvasía, maturana o turruntés, denostadas durante el desarrollismo. Que han dado vida a unos vinos blancos tan dispares como los que surgen de cada zona climática de la Península (los continentales, con fibra y cuerpo; los mediterráneos, opulentos y florales, y los atlánticos, frescos y equilibrados). Vinos con las notas distintivas de cada altura, orientación, composición del suelo, fauna, flora, levaduras autóctonas y añada. Vinos con alma.
Los nuevos blancos españoles, y también los escasos grandes clásicos que pocos conocían (y pagaban), han salido del armario. Han llegado para quedarse. Son caros, algunos alcanzan 200 euros fuera de España; tienen tiradas limitadas y hay bofetadas para hacerse con ellos. Este es el diario de un viaje en busca de esa mina de oro.
Adentrarse en la provincia de Valladolid supone adentrarse en Rueda, la tierra de la verdejo; la denominación de origen con la mayor cuota de mercado de los blancos que se consumen en España
Partimos del centro. Sorteamos Segovia y Ávila, donde comienzan a surgir blancos tan interesantes como los de Daniel Landi o el verdejo Ossian. Adentrarse en la provincia de Valladolid supone adentrarse en Rueda, la tierra de la verdejo; la denominación de origen con la mayor cuota de mercado de los blancos que se consumen en España, el 36%, seguido por Rías Baixas, con menos de un 12%, y el Penedés y La Rioja, con un 8% respectivamente. Cuando se constituyó esta denominación, en 1980, disponía de 250 hectáreas de viñedo. Hoy cuenta con 4.000. Hasta entonces, el verdejo se arrancaba. Hoy se venera. Su éxito comercial ha sido innegable. Sobre la excelencia de sus 60 millones de botellas habría mucho que hablar. Es la vieja fábula del vino español: del éxito a la superproducción y de ahí a la pérdida de calidad.
El terreno es polvoriento bajo un sol de justicia. Nuestra cita es en La Seca. En la finca de Didier Belondrade, un francés que llegó aquí en 1994 y cometió la locura de comprar viña, recuperar el mejor verdejo y envejecer ese vino en barrica. Lo llamó Belondrade y Lurton. Se convirtió en el más caro. Abrió un camino. Un rueda podía ser grande. Hoy sienta a su mesa a Luis Hurtado de Amézaga, Ángel Rodríguez Vidal y Ángel Calleja. Componen el completo retrato de los blancos de Rueda. El primero de ellos es la enésima generación de hurtados al frente de Marqués de Riscal; una marca mítica riojana que aterrizó en Rueda a mediados de los setenta para hacer blancos. Y perdió dinero durante 15 años hasta que se pusieron de moda. En estos momentos produce 3,5 millones de botellas y comienza a apostar por blancos más sofisticados, como Viña Montico, con uva de una sola finca. El segundo, el octogenario Rodríguez Vidal, es la memoria del verdejo. Su familia vive del vino desde el XVIII. Hoy elabora 70.000 botellas inmaculadas de Martín Sancho que exporta en su totalidad. El tercero es el enólogo de la principal cooperativa de la denominación, que produce 17 millones de botellas. Reconoce que el futuro es hacer mejores productos, más personales y menos industriales; menos exóticos y perfumados. La conclusión de los cuatro es que hay que limitar los rendimientos; no plantar viña donde nunca existió y, sobre todo, cuidar la fama del verdejo. “De lo contrario, nos vamos a comer la gallina de los huevos de oro”.
Nunca hubo grandes blancos en el Bierzo. En realidad, no hubo ni grandes blancos ni grandes tintos. Se plantaba y arrancaba y se volvía a arrancar según la cotización del mercado
De Valladolid a León. Nunca hubo grandes blancos en el Bierzo. En realidad, no hubo ni grandes blancos ni grandes tintos. Se plantaba y arrancaba y se volvía a arrancar según la cotización del mercado. Y a la cisterna. A finales de los noventa, la familia riojana Palacios Remondo (Álvaro Palacios y su sobrino Ricardo Pérez) impulsó la revolución. Entre Villafranca del Bierzo y Cacabelos visitamos a dos personajes singulares que han apostado por los blancos. El primero, afincado en San Juan de Carracedo, es francés y se llama Gregory Pérez. Llegó a la comarca en 2003. En 2007 comenzó su propio proyecto, con dos blancos de godello y doña blanca, bautizados Mengoba y Brezo. Hace 60.000 botellas. Vende el 95% fuera. “Lo hacemos todo, en la viña y la bodega, mi mujer y yo. Todo. Cuando me dicen que mi vino es caro, les contesto que vengan a ver el esfuerzo de elaborar cada botella”.
El segundo gran viticultor es Raúl Pérez, el hechicero del Bierzo, mientras vendimia en sus dominios en torno a Valtuille, su pueblo de 70 habitantes. Pérez, uno de los niños mimados de la crítica mundial, pare aquí cada año La Claudina, un blanco mítico y personal de godello, y tiene proyectos producto de su viticultura ácrata desde Galicia hasta Portugal y desde Chile hasta Sudáfrica. Nos lo volveremos a encontrar a lo largo de este viaje.
Desde León, Galicia en busca del Sil. En esta región, donde se pasó sin escalas de una viticultura centrada en el consumo familiar, donde los vinos no se embotellaban y pocas veces se etiquetaban (más allá del Palacio de Fefiñanes), a las bodegas industriales, es donde de forma más evidente se ha materializado la revolución de los blancos en todas sus denominaciones: Rías Baixas, Ribeiro, Monterrei, Ribeira Sacra y Valdeorras. En esta última se vivió la resurrección de la godello a mediados de los ochenta de la mano de la familia Guitián. Sus blancos verían la luz 10 años después. Una parte de esos Guitián serían incluso envejecidos en barrica. Lo nunca visto. Un terremoto enológico.
Atraído por aquella onda expansiva llegó hasta Ourense Rafael Palacios a comienzos de 2000. Era el padre de uno de los blancos más sorprendentes de La Rioja, Plácet. Buscaba territorios donde continuar su línea de modernidad. Hoy, en torno a la localidad de A Rúa, en Ourense, en sus pequeñas fincas colgadas sobre el río Bibei, elabora cuatro grandes: Bolo, Louro, As Sortes y O Soro. Ya son los más caros de esta tierra.
Penetramos en la Ribeira Sacra, entre el Miño y el Sil; una zona a la que da nombre su pasado monástico. En estos cañones siempre hubo viñedo
Con solo cruzar el río, penetramos en la Ribeira Sacra, entre el Miño y el Sil; una zona a la que da nombre su pasado monástico. En estos cañones siempre hubo viñedo. Se abandonó en los años calientes de la emigración durante el franquismo. Javier Domínguez, empresario textil y natural de Mendoia, se propuso hacer a finales de los noventa buenos vinos en estas laderas vertiginosas. Tenía los medios y la pasión. Empezó, como otros soñadores, comprando uva y en un garaje. Hoy, su bodega, Dominio do Bibei, en Argullo, es la más bella y humana de la zona. De ella nacen dos blancos de godello, albariño y doña blanca: Lapena y Lapola. “No había documentación ni bibliografía sobre cómo se había hecho aquí el vino ni cómo evolucionaban esas uvas. Trabajamos con prueba-error. Lo conseguimos. Nunca dejaremos este cañón”.
De camino hacia Rías Baixas, a mitad de camino de Lugo y Ourense, en Pincelo, en la orilla del Miño, y en Sabariz, en las estribaciones del Ribeiro (donde Emilio Rojo y Luis Anxo Rodríguez están reinventando con sus blancos la denominación), tenemos cita con dos mujeres. La primera se llama Esther Teixeira, tiene 77 años, lleva una sencilla bata gris y apenas ha salido de su pueblo colgado sobre el Miño. La segunda, Pilar Higuero, es malagueña, tiene 52 años y un Porsche en la puerta de su bellísimo pazo, por donde corretean los perros, las ovejas y las gallinas. A primera vista, ambas tienen poco que ver. Sin embargo, las dos están volcadas en hacer vinos blancos de una forma limpia y natural hasta el extremo. Esther fue en 2000 la primera viticultora ecológica de Galicia. Pilar la siguió en 2009. Las llamaron locas. La primera elabora Diego de Lemos. La segunda, A Pita Cega, 5.000 botellas de un vino salvaje que huele y sabe a hinojo y anís. Esther habla con sus viñas. Pilar les pone música de Haendel y Bach. Las dos resultan estar muy cuerdas.
Rías Baixas, una denominación siempre esquinada, lanzada al estrellato por la uva albariño en los noventa, contaba en 1988 con una docena de bodegas; hoy supera las 200
Meaño, entre La Toja y la Ría de Pontevedra, es la capital del Salnés, la subzona vitícola más poderosa de las Rías Baixas, una denominación siempre esquinada, lanzada al estrellato por la uva albariño en los noventa, que hoy corre el mismo peligro de macroproducción que Rueda. Contaba en 1988 con una docena de bodegas; hoy supera las 200. Rodrigo Fernández es el compañero de fatigas de Raúl Pérez (el viticultor del Bierzo) en sus juegos malabares para dar personalidad y magia a los vinos más atlánticos de España, a través de viñas viejas de variedades olvidadas. Elaboran juntos, a partir de las viñas del abuelo de Rodrigo y de otras justo a orillas del mar, sobre las que planean las gaviotas, blancos tan caros y complejos como el Sketch (envejecido bajo el Atlántico) y los Leirana, Goliardo, Cíes, A Telleira o Cos Pes. Más tarde cenaremos en La Toja, en D’Berto, con Eulogio Pomares, miembro de una de las grandes familias del blanco gallego Zárate, que elabora con albariño de fincas centenarias. Para Pomares, “hacer un buen vino supone tener una visión del mundo. Yo estoy volviendo hacia atrás, a como trabajaban nuestros abuelos. Al respeto extremo por la uva”.
Cruzamos España. Primero, Lleida, Costers del Segre, donde triunfan Ramón Cusiné y Ramón Bobet. Después, el Penedés. El océano del cava. Doscientos millones de botellas al año. Desde mediados del siglo XX, todo ha estado supeditado en este territorio a los espumosos. Los agricultores buscaban los rendimientos más altos posible de sus viñas de las tres uvas destinadas al cava (xarel·lo, macabeo y parellada), para sobreponerse al bajo precio que los grandes productores pagaban por ellas. Nunca se hicieron vinos monovarietales. Muchas tierras seculares de viña fueron replantadas con variedades foráneas y frutales. Ese panorama se encontraron en 1996 Ramón Parera y Jordi Arnan. En el municipio de Torrelavit, ambos plasmaron su sueño de hacer grandes vinos con la olvidada xarel·lo. En viñas abandonadas durante la Guerra Civil y aplicando un cultivo ecológico al máximo. “Yo quería reivindicar esta uva”, explica Parera, “trabajar de una forma austera, rústica y simple; integrar el viñedo en la naturaleza. Nos decían que la xarel·lo no envejecía bien. El fallo estaba en cómo se trabajaba el viñedo”. Jordi y Ramón producen 35.000 botellas de sus blancos Pardas y Aspriu. Muy cerca, Enric Soler nos relata una historia de amor a esta tierra y esta uva muy similar, que intenta explicar a través de su blanco Nun Vinya dels Taus, “un vino imperfecto y del que me conozco cada cepa”. Soler trabaja desde 2004 un par de mínimas parcelas que fueron de su abuelo y de donde hoy salen 2.000 botellas muy cotizadas.
El Priorato vivió a finales de los ochenta uno de los episodios más apasionantes del vino, cuando cinco iluminados lo convirtieron en uno de los puntos candentes del vino mundial
El Priorato, al sur de Cataluña, vivió a finales de los ochenta uno de los episodios más apasionantes del vino, cuando cinco iluminados (Barbier, Pérez, Palacios, Pastrana y Glorian) convirtieron una tierra de tintos imbebibles en uno de los puntos más candentes del vino mundial. Hoy, la segunda generación de aquellos padres fundadores, en la que se encuentran, por ejemplo, Esther Nin y Dominik Hubert, están llevando a cabo su particular revolución de los blancos en esas mismas terrazas del Priorato y el Montsant. Su trabajo se ha centrado en otra uva redescubierta, la garnacha blanca. Probamos con la pareja Sara Pérez-René Barbier (hijos de aquella primera generación) un despliegue de blancos locales: Dido, Venus, Nelin, Camí Pesseroles, Antagonic y Les Cousins. Después le tocará el turno a Alfredo Arribas, un arquitecto que llegó de fuera para hacer tintos en el Priorato y se enganchó a crear blancos en la vecina Montsant. Hoy elabora Trossos Sants y Tros Blanc.
Los locos del blanco tienen dos vinos riojanos de referencia, el Viña Tondonia y el Remelluri
Muchos locos del vino que hemos ido encontrando en este viaje por España nos han mencionado que su pasión por el blanco tuvo su detonante en dos vinos de La Rioja: un clásico, Viña Tondonia, y un díscolo, Remelluri. Desde Tarragona hasta Haro solo hay que seguir el Ebro. El punto final de este periplo se encuentra entre Labastida y San Vicente de la Sonsierra. La Granja de Nuestra Señora de Remelluri, con sus raíces clavadas en la alta Edad Media y sus 100 hectáreas de viñedo propio, es, posiblemente, el dominio vitícola más bello y mágico de nuestro país, con su necrópolis del siglo X, la vieja ermita y la eterna sombra del pico Toloño, que otorga frescura y un toque atlántico a sus vinos. La última cita es en este paraje con Telmo Rodríguez (miembro de la familia propietaria del lugar desde 1967), María José López de Heredia (cuarta generación de la familia al frente de Tondonia) y Jesús de Madrazo (alma de Contino, una de las marcas que dinamizó La Rioja). La emperatriz López de Heredia nos confiesa el secreto de sus blancos: “No cambiar nada en 150 años; hacer las cosas como siempre”. Madrazo relata cómo apostó por un blanco de Contino, de viura, envejecido en barrica, contra viento y marea, cuando nadie en La Rioja creía en él. Y Telmo Rodríguez, que también elabora en Rueda (Transistor y Basa), Ribeira Sacra (Gaba do Xil) y Málaga (Molino Real), explica como el blanco de Remelluri nació a mediados de los noventa de su obsesión por explicar esta tierra; por materializar en un vino el alma del lugar. “Y hoy ese blanco es el vino que mejor sigue describiendo los 10 siglos de historia de esta viña”.
Estación término. Al final, este largo viaje en busca de los grandes blancos españoles tal vez se pueda concentrar en una sola frase; la que nos dijo Pilar Higuero en los límites de Ribeiro: “Los locos abren una senda para que luego marchen por ella los cuerdos”.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Las rutas del vino más visitadas en España.
Las rutas del vino más visitadas en España.
Penedés, Jerez, Ribera del Duero, La Rioja... Los datos muestran la potencia del enoturismo en todas las regiones.
Ribera del Guadiana.
Esta ruta engloba un total de 28 bodegas, así como una interesante lista de museos de diferentes temáticas, en la que destaca el Museo de las Ciencias del Vino en Almendralejo.
Almendralejo es el epicentro de esta ruta y también la ciudad internacional del vino. En este lugar el paisaje de viñedos se combina con el rico patrimonio cultural e histórico de la zona. Encontramos en esta ciudad una plaza de toros única en el mundo. Posee una bodega de vinos debajo de su graderío.
La enorme riqueza medioambiental y paisajística de la Ribera del Guadiana nos permite además practicar el turismo activo. Ofrece la posibilidad de pasear entre viñedos, hacer rutas en burro o realizar circuitos de aguas termales.
Otro atractivo de la zona es su gastronomía, que está compuesta tanto de recetas muy sencillas y tradicionales, como de cocina de autor muy exquisita y vanguardista. Destacan la ternera y el cordero de Extremadura.
http://www.abc.es/viajar/top/20130707/abci-rutas-vino-espana-201307031836_11.html
jueves, 31 de octubre de 2013
El mago de los vinos blancos.
“Un vino es un sueño, que nace en la cabeza del autor. Antes de que exista en la copa debe surgir en la mente de alguien, un hombre o una mujer amante del vino”, afirma Denis Dubourdieu, uno de los enólogos con más cotizado instinto vinícola. Asesora a más de 70 bodegas. Su mano está detrás de cotizados vinos de Burdeos como Château Cheval Blanc y Château d’Yquem y también de los blancos de Chivite, la única bodega española para la que trabaja en exclusiva.
“Con la familia Chivite tuvimos el sueño de producir el mejor vino blanco de España: fresco, complejo, capaz de envejecer y madurar bien… Y por eso seleccionamos la variedad de uva Chardonnay, porque en este clima continental funciona muy bien”, dice Dubourdieu, profesor de Enología de la Universidad de Burdeos y autor de numerosos trabajos sobre aromas, levaduras y vinificación. “Puede que te lleve unos 20 años lograr la botella de tu vida”, asegura, y su exigencia le obliga a sostener “que el mejor vino, el vino perfecto, siempre es el próximo en el que piensas”.
Los vinos Dubourdieu de Chivite, Colección 125 (que se lanzaron al mercado en 1985 para conmemorar el aniversario de la primera exportación de la bodega, en 1860) provienen de cepas ubicadas en Tierra Estella (Navarra). En un terruño norteño, de sedimentos arcillosos y calizos, con influencia del clima atlántico, crece la Chardonnay que maneja el enólogo francés. Su empeño de mostrar que los vinos blancos “irresistibles de jóvenes” tienen una gran capacidad de guarda y que maduran bien en botella, ha tenido éxito. Durante una reciente cata vertical (desde la cosecha de 1996 a la de 2010) en Londres la crítica británica comparó “la clase y la elegancia” de estos blancos con la de los Borgoña. “Yo trato de desvelar en un vino los secretos de la tierra donde crecen las uvas”, explica Dubourdieu, y saca a colación un texto inspirador de la escritora Colette: “La viña y el vino son grandes misterios. Cada planta es única, ayuda a entender el verdadero sabor del terreno, y las uvas lo transmiten”. Esa fidelidad al terruño es lo que el maestro enólogo busca obsesivamente, aunque esas uvas cambien de ubicación original. Y la adaptación a territorios extraños es un reto que se plantea en su trabajo global: “Me interesa trabajar con productores que arriesgan”. Burdeos, Borgoña, Alsacia, Chablis, Hermitage, Piamonte, Campania, Toscana, Sudáfrica, Sudamérica… están en el mapa de creación vinícola de Dubourdieu, quien elabora sus propios vinos. Tiene cinco propiedades al sureste de Burdeos, y está implicada toda su familia: su mujer Florence (de una saga de viticultores) y sus hijos Fabrice y Jean-Jacques. “Estoy entrenando narices”, dice irónico.
Y las narices de hoy no tienen los mismos parámetros que antaño: “Nuestra comida es distinta, y nuestra vida, siempre nos movemos… Por eso los vinos ahora se prefieren frescos, ligeros…”. Con respecto a las marcas famosas, subraya que su valor es indiscutible porque hay un esfuerzo detrás: “Las grandes bodegas son como monumentos, en los que distintas generaciones se van dejando la piel para lograr siempre lo mejor y tener éxito en esa búsqueda. Cuando lo logras una y otra vez es magnífico. El vino existe antes y después de ti, permanece. Cuando eres responsable de un vino y del prestigio de ese vino, siempre tratas de conseguir lo mejor y evolucionas. Un vino es algo vivo, no es como un museo, que todo está igual por siglos”.
domingo, 30 de junio de 2013
Celebran la estancia de Isabell II en Sóller con un encuentro gastronómico.
La Academia de la Cuina i el Vi de Mallorca apostó por un menú regio de Gulot y Benet Vicens servido en el Jumeirah.

La Academia de la Cuina i el Vi de Mallorca dedicó su reunión gastronómica mensual, realizada el pasado viernes en uno de los salones del Jumeirah Port de Sóller Hotel&Spa, a conmemorar la presencia de la reina Isabel II y su real familia, incluido el futuro Alfonso XII, con motivo de la inauguración –el 17 de septiembre de 1860– de la carretera del Coll de Sóller, vía que terminó con el aislamiento por tierra de la población costera del resto de la isla. Pedro Gual de Torrella, presidente del citado ente cultural –con veintisiete años en activo y cuya premisa es la investigación, recuperación y valoración de la cocina mallorquina junto al vino isleño, ahora en auge–, presentó el menú del conmemorativo almuerzo, presidido por un óleo de Isabel II niña, propiedad del Ayuntamiento de Sóller, a la vez que recordó los objetivos que mueven a la asociación que preside. Jaume Enseñat Julià, como ilustrado solleric amante de su tierra y de su historia a la vez que promotor de esta conmemoración a manteles, presentó un cuadernillo recordatorio, con sabrosa crónica, que refleja fielmente el ambiente de la época en su localidad por tal presencia regia. En él también ha participado Antoni Quetglas Cifre.El menú de la comida, con protagonismo de Isabel II y con motivo de la inauguración de una obra tan costosa y dura de realizar en la que se decía que la nueva carretera estaba compuesta por duros de plata –moneda señora de la época, cuyo valor eran cinco pesetas–, fue un reflejo de lo que fue el lunch, protagonista de recepciones en épocas pasadas. Bajo el estricto protocolo de la Academia, dirigido por su secretario, Pep Sans, se dio inicio al almuerzo, elaborado por Gregory Goulot, jefe de cocina del hotel, representado en la mesa presidencial por su director, Fernando Gibaja, y asesorado por Benet Vicens, chef del restaurante Béns d'Avall, servido por un bien dirigido equipo de comedor. Abrió la sinfonía de tonos, texturas, aromas y sabores un "fi aspic de cuixot brassejat, verdures i ous de guàtlera", siguió un "vol au vent d'au i gambes de Sóller", rematando el menú una "porcella mallorquina farcida amb arròs especiat".Una antigua receta dulce muy isleña, el "coxi real", elaborado por el maestrío repostero de Sa Pobla y de Xisco Moranta, puso broche de oro al ágape, regado con Champagne Veuve Pelletir, junto a los vinos de la serie Veritas, de la bodega José Luis Ferrer, Blanc 2011, Vinyes Velles 2010 y Dolç Selecció Barrica. Contrariamente a lo que suponía alguno, no sonaron en el salón la Marcha Real, y menos, el Himno de Riego.
La Academia de la Cuina i el Vi de Mallorca dedicó su reunión gastronómica mensual, realizada el pasado viernes en uno de los salones del Jumeirah Port de Sóller Hotel&Spa, a conmemorar la presencia de la reina Isabel II y su real familia, incluido el futuro Alfonso XII, con motivo de la inauguración –el 17 de septiembre de 1860– de la carretera del Coll de Sóller, vía que terminó con el aislamiento por tierra de la población costera del resto de la isla. Pedro Gual de Torrella, presidente del citado ente cultural –con veintisiete años en activo y cuya premisa es la investigación, recuperación y valoración de la cocina mallorquina junto al vino isleño, ahora en auge–, presentó el menú del conmemorativo almuerzo, presidido por un óleo de Isabel II niña, propiedad del Ayuntamiento de Sóller, a la vez que recordó los objetivos que mueven a la asociación que preside. Jaume Enseñat Julià, como ilustrado solleric amante de su tierra y de su historia a la vez que promotor de esta conmemoración a manteles, presentó un cuadernillo recordatorio, con sabrosa crónica, que refleja fielmente el ambiente de la época en su localidad por tal presencia regia. En él también ha participado Antoni Quetglas Cifre.El menú de la comida, con protagonismo de Isabel II y con motivo de la inauguración de una obra tan costosa y dura de realizar en la que se decía que la nueva carretera estaba compuesta por duros de plata –moneda señora de la época, cuyo valor eran cinco pesetas–, fue un reflejo de lo que fue el lunch, protagonista de recepciones en épocas pasadas. Bajo el estricto protocolo de la Academia, dirigido por su secretario, Pep Sans, se dio inicio al almuerzo, elaborado por Gregory Goulot, jefe de cocina del hotel, representado en la mesa presidencial por su director, Fernando Gibaja, y asesorado por Benet Vicens, chef del restaurante Béns d'Avall, servido por un bien dirigido equipo de comedor. Abrió la sinfonía de tonos, texturas, aromas y sabores un "fi aspic de cuixot brassejat, verdures i ous de guàtlera", siguió un "vol au vent d'au i gambes de Sóller", rematando el menú una "porcella mallorquina farcida amb arròs especiat".Una antigua receta dulce muy isleña, el "coxi real", elaborado por el maestrío repostero de Sa Pobla y de Xisco Moranta, puso broche de oro al ágape, regado con Champagne Veuve Pelletir, junto a los vinos de la serie Veritas, de la bodega José Luis Ferrer, Blanc 2011, Vinyes Velles 2010 y Dolç Selecció Barrica. Contrariamente a lo que suponía alguno, no sonaron en el salón la Marcha Real, y menos, el Himno de Riego.
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